Cuando estaba cursando la formación de Facilitación Iniciática, durante tres años tuve la oportunidad de experimentar varias técnicas creativas y terapéuticas para acompañar los procesos internos. Todas me parecieron interesantes pero la que llamó mi fascinación fue el mandala.

   El acto de poder crear libremente e intuitivamente lo que salía de mí, me conectó a cuando cursaba la secundaria. Teníamos clases de dibujo, y un profesor nos hacia dibujar espacios rectangulares en una hoja y la instrucción era llenarlos con diseños y colorearlos a nuestro gusto. Era la primera vez de lo que recuerdo, que tenía luz verde para crear. Aunque no eran círculos sino rectángulos, ya el hecho de poder crear mis propios diseños escogiendo los colores que prefería era todo un movimiento de liberación expresiva para mí. Y es que en mi vida no tenía mucho chance de ser creativa, ni en el colegio, ni en casa, tenía que seguir las reglas.

   Mucho después, en el transcurrir de mi trabajo terapéutico con mandalas, fui dándome cuenta de la inmensa importancia que tenía el círculo, ya no viéndolo únicamente como algo místico indú o como una figura geométrica. Se me hacía cada vez más claro que el círculo en contraste al rectángulo representaba una unidad, una completud más orgánica. El círculo ayuda a despertar el impulso creativo de complementar y albergar las formas, trazos y patrones que se van dando en el proceso.

   Y por otra parte, cuando estuve en España en el curso de EMDR y trabajamos con el “lugar seguro” como premisa para empezar la terapia, algo hizo click en mí. Ese lugar seguro que hablaban en EMDR, en mi terapia era el círculo. Me dí cuenta de la importancia que tenía el círculo como lugar seguro, un recurso que se establecía al momento de trazarlo. Me pareció maravilloso, tomé consciencia de lo que significaba y del gran aporte que el mandala tenía dentro de la terapia.

   Pude entender mejor por qué el mandala encajaba en mí como una pieza de rompecabezas que faltaba. Fue en el círculo que me sentía más segura, el círculo era el espacio donde podía expresarme a salvo y que me permitía acoger diferentes aspectos míos. Esa fue la base para poder sentirme más a gusto conmigo misma y poder entregarme libremente al proceso creativo sin juicios. Esa fue la diferencia con las otras técnicas que aprendí, eso era lo que necesitaba. Y eso es lo que puedo confirmar una y otra vez cuando acompaño a mis clientes en sus procesos internos.

¿Por qué es importante sentirnos
seguros y a salvo?

   Porque vivimos una vida rápida, desconectados de nosotros mismos y de los demás, nos sentimos inseguros, desconfiamos de todo y de todos, vivimos con miedo. Porque hemos pasado por experiencias adversas en la infancia, experiencias de abandono, de desamparo, de abuso, de desamor. Hemos experimentado muchos traumas emocionales y lo que necesitamos es sentirnos seguros, a salvo para poder empezar a sanar.

   Es importante poder confiar, poder expresarnos sin juicios ni críticas. Sentirnos acogidos, acompañados y comprendidos. Necesitamos reconectarnos, tener vínculos auténticos donde podemos ser nosotros mismos, espacios para expresarnos libremente.

   Eso es precisamente lo que ofrece el trabajo con el mandala en mis sesiones de terapia. Estoy convencida de que el proceso creativo mandálico proporciona esa calidad de acogimiento y contención para poder expresar todo lo que quiere ser integrado. Un espacio y un tiempo para sentirnos protegidos y cuidados en el regazo del círculo.

   Por eso el eje de mi terapia es el el mandala o círculo mágico que se convierte en ese recipiente sagrado que todo lo contiene, que todo lo incluye. Ese todo incondicional mayor que nosotros mismos y donde no nos queda otra que confiar.

Susana Guerini

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